Crítica – “LA LA LAND” – ****Muy Buena (-)

Cine por Claudio Fernández

“LA LA LAND” de Damien Chazelle (2016)

(La Ciudad de las Estrellas)   

Mia es una de las muchas aspirantes a actriz que viven en Los Ángeles en busca del sueño hollywoodiense, se gana la vida como camarera mientras se presenta a montones de pruebas de casting.

Sebastian es un pianista que vive de las actuaciones de segunda que le salen, y sueña con regentar su propio club donde rendir tributo al jazz más puro.

Los destinos de Mia y Sebastian se cruzarán y la pareja descubrirá el amor, un vínculo que hará florecer y luego poner en jaque las aspiraciones de ambos. En una competencia constante por buscar un hueco en el mundo del espectáculo, la pareja descubrirá que el equilibrio entre el amor y el arte puede ser el mayor obstáculo de todos. 

“La La Land” de Damien Chazelle (director de la hipnótica “Whiplash”, 3 Oscar en 2013), remite a la época dorada de los musicales de Hollywood y al mismo tiempo actualiza y refresca el género con una historia muy simple y personajes entrañables.

Pero no se queda simplemente en el homenaje retro o un completo producto de nostalgia (es decir, no es el Stranger Things del musical). Tiene sus pies en el pasado, pero está pensada para el presente. Tampoco es la burbuja de brillantina, alegría y superficialidad de las comedias musicales más icónicas de Hollywood, aunque durante la primera hora te haga creer que lo es.

Independientemente de los muchísimos guiños que hace a las obras de figuras como Stanley Donen (Cantando bajo la lluvia) o Vincente Minnelli (Un americano en París), la escena del Observatorio Griffith (Rebelde sin causa), y la imagen inicial en blanco y negro que muestra el logo de Cinemascope cortado, y se ensancha hasta obtener toda su dimensión panorámica y adquiere color de Frank Tashlin; “La La Land” rinde también tributo en el gran plano secuencia de apertura a la coreografía de “Las señoritas de Rochefort”, o en los colores, estructura (división de la trama en capítulos) y espíritu agridulce de “Los paraguas de Cherburgo”, ambas de Jacques Demy.

También hace algo parecido a lo que en su momento lograron las cintas del director francés, quien también se inspiró en los clásicos de Hollywood, pero les dio una nueva sensibilidad, casi filosófica y muy europea, de amores lánguidos y euforias melancólicas. De la misma forma, Chazelle no sólo resucita el pasado, sino que lo usa para hablarle al hoy: a una modernidad a veces frustrante, que constantemente te invita a luchar por tus sueños, pero que al mismo tiempo te anula por ser uno de tantos.

La película se sostiene en gran medida por Emma Stone y Ryan Gosling (Mia y Sebastian).

Stone ha afinado y sofisticado su encanto natural, pero su dominio –a veces armónico, a veces espástico– de cada uno de sus gestos resulta abrumador. Y, por si fuera poco, su voz temblorosa, siempre al borde del traspié afónico, convierte a Stone en una figura terrenalmente imperfecta.

Stone le confiere a su papel de aspirante a estrella ese punto de verdad tan necesario.

Por su parte, Gosling que aprendió a tocar el piano para esta película, explota con estilo y sentido del timing su aura de galán del Hollywood clásico, con un punto cómico y un halo melancólico, capaz de evocar el magnetismo de Brando y Dean, para luego romper la baraja con un gag a la medida de Cary Grant.

Igualmente me pasa con Gosling que siento que se reitera mucho, tiene siempre el mismo gesto y ese “siempre” me provoca cierta distancia. Pero como el chico está bien, viste como un pincel y tiene una compañera de reparto fabulosa, llena la pantalla…

Gosling y Stone ya habían demostrado su química y complicidad en filmes como “Loco y estúpido amor” (2011) y “Fuerza antiganster” (2013).

En “La La Land” vuelven a formar un mágico tándem que el director compara (aclaro que yo no) con parejas como Spencer Tracy y Katherine Hepburn o Ginger Rogers y Fred Astaire.

Del lado de la fantasía, “La La Land” echa mano de su efervescencia multicolor, de una ladera de Los Ángeles que parece reconstruida en estudio, o de una escena donde los personajes bailan sobre el cielo estrellado del planetario.

Del lado de la realidad, la aparición de John Legend como icono de una modernidad pop que reniega del purismo del jazz. En un momento crucial para la trama, los personajes de Gosling y Legend discuten sobre la contraposición entre tradicionalismo y revolución en relación al jazz.

Con “La La Land”, Chazelle parece querer reconciliar ambos conceptos, apuntando que el clasicismo puede ser una revolución en sí misma en estos tiempos de agitación pop.

En su abordaje caleidoscópico a los sueños (cómo hallarlos, perseguirlos, renunciar a ellos, vivirlos), “La La Land” transita desde el musical más explosivo hasta las mansas aguas del drama sentimental. Un viaje de lo rítmico a lo melódico en el que la película va perdiendo algo de su punch inicial. Al igual que el tránsito del vitalismo a la melancolía que resulta algo predecible y que en la cámara de Chazelle se puede ver en sus malabarismos escénicos con steadycam al comienzo, y su traspaso domesticado al plano-contraplano.

Otro punto fuerte sin lugar a dudas es el estilo visual: Chazelle opta por el rodaje en formato panorámico y los colores vibrantes, en la tradición del cinemascope y el tecnicolor adaptada al siglo XXI. La fotografía es de Linus Sandgren, y es delicadamente perfecta.

Mención aparte merece la música. Justin Hurwitz mezcla la espontaneidad de combos de jazz con el romanticismo de la música de orquesta.

Su mayor logro es ofrecer melodías (sobre todo de jazz) que se escuchan como clásicos, pero que en realidad son completamente originales, algo que no veíamos en bastante tiempo y que es coherente con la relación compleja que La La Land tiene con lo anterior.

En este sentido, la película es como sus protagonistas y como su música: nostálgica, enamorada del pasado. Junto a ellos, han trabajado los letristas Benj Pasek y Justin Paul, especializados en musicales de Broadway, el productor musical de Moulin Rouge, Marius de Vries y las coreografías de Mandy Moore.

Pero no todo me resultó agradable, certero, defendible o logrado. No es, desde mi óptica una película redonda, influyente, determinante pese a las virtudes técnicas y logros actorales.

Me dejo al salir de la sala una sensación incompleta, me fascinó de a ratos, pero no me enganchó como pensé que lo haría.

“La La Land” a pesar de su inspirada banda sonora, su envoltorio colorista y su medido desenfado, me resultó un film simple y no muy original, no encontré un fuerte mensaje que me haga reflexionar, y como mencioné anteriormente sigo pensando que se sostiene por la química de los protagonistas y por homenajear la nostalgia de cinéfilos con espacios y situaciones reconocibles.

Como musical, es un musical atípico, pues cantan poco, las coreografías abusan del montaje (salvo la apertura) y están continuamente fundiéndose en un sin fin de efectos especiales.

POST DATA:

Distanciándome ya de “La La Land”, y buscando los motivos que llevaron a tanto Globo de Oro y a las 14 nominaciones al Oscar, estimo más allá de la ráfaga de aire fresco que representa para la meca del cine, no acabaría de entender “la excelencia” si no es por el contraste que se genera socialmente en el país del norte entre el sueño americano de antaño y la pesadilla actual. E

ntre el idealismo naíf de la época dorada del cine y los estucos de oro de la Torre Trump trasplantados a las cortinas del Despacho Oval. Creo que Hollywood quiere premiar a “La, la, land” porque “La, la, Land” es la némesis de la Casa Blanca de Donald Trump.

La luz contra la oscuridad. La Ilustración contra la ignorancia. El technicolor contra la telebasura. La educación exquisita contra los malos modos. El respeto a la diversidad contra el racismo y la exclusión. La ingenuidad contra la malicia. Los puentes contra los muros. La delicadeza contra la grosería. Y la urbanidad contra el insulto.

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