Una escapada a New York para disfrutar Broadway por Cecilia Vidaurreta

Para un fan del género musical, estar en Broadway es cumplir un sueño.

Llegar a Times Square, con sus carteles luminosos que anuncian todas las obras que morimos por ver y tantas más, es indescriptible.

Por algo la llaman “la ciudad que nunca duerme”. En Times Square es de día las 24 horas. Y entre la marea de gente, los músicos callejeros, los personajes disfrazados de personajes -valga la redundancia-, los performers, los acróbatas…. el sentimiento es indescriptible y la emoción inmensa.

Hay obras para todos los gustos y todos los presupuestos.

Todo depende de qué elegimos ver.

Para los últimos “Tony Awards”, seguramente habrá que llegar con entradas sacadas con por lo menos seis meses de anticipación.

Obras como Hamilton, Dear Evan Hansen, Hello Dolly, Sunset Boulevard (que ya bajó de cartelera), Falsettos, Come from away o War Paint son “figuritas difíciles”.

Pero muchos de los “clásicos”, esos que tarareamos desde siempre, de los que buscamos videos en Youtube, esos de los que nos sabemos las canciones de memoria y quiénes las interpretaron en cada temporada, ofrecen entradas al 50% – 60% de descuento.

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Pasar una tarde a las 4 por TKTS y ver semejantes descuentos para Cats, The Phantom of the Opera, Miss Saigon, Beautiful o Chicago, y también para School of Rock y Charlie and the Chocolate Factory, y no más de cinco personas haciendo cola! Y entonces, claro, querés ver TODO!

Para precalentar, imperdible Ellen´s Stardust.

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Toda una experiencia. Los mozos, mientras sirven hamburguesas, cantan.

Sólo el año pasado 26 de ellos cambiaron sus delantales por papeles en Broadway. Porque todos quieren triunfar, y por eso trabajan para pagarse sus clases de teatro, canto y baile.

El profesionalismo abruma. Todos quieren llegar y para eso gastan hasta el último centavo en perfeccionarse. El repertorio es super amplio, desde canciones de musicales hasta Madonna, Michael Jackson o Ariana Grande, y las voces son increíbles, potentes, trabajadas, bellas.

Arrancamos con School of Rock, en el Winter Garden Theatre, con música de Andrew Lloyd Webber, libro de Julian Fellowes y letras de Glenn Slater, basada en la película de Mike White.

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Una experiencia única.

Antes del show, una voz en off aclaró que los nenes “tocan los instrumentos de verdad”.

Es que no se puede creer lo que pasa arriba del escenario. Trece chicos de no más de 12 años tocan guitarra, bajo, batería y teclado y además cantan con voces prodigiosas y actúan con una naturalidad extraordinaria, como si hubieran nacido sobre las tablas.

Todos ellos guiados por su “maestro” Dewey –el talentosísimo Justin Collette -.

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El timing de la obra es ajustadísimo y los movimientos de escenario y los juegos de luces, impactantes. Las canciones pegajosas, ágiles, la historia sólida y super entretenida. Y esos nenes; tremendos. Una noche única, como cada noche en New York.

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La segunda obra fue toda una experiencia: Dear Evan Hansen, con música y letra de Benj Pasek y Justin Paul, sobre libro de Steven Levenson, en The Music Box.

Ver cantar y actuar en vivo a Ben Platt es algo único, inolvidable.

Habíamos visto videos de él y presentaciones live en programas de televisión, pero en vivo superó toda expectativa. Merecidísimos 6 Premios Tony, incluyendo mejor musical, mejor libreto, mejor música y mejor actor.

Es una obra diferente, no sólo por la temática y las soberbias actuaciones de sus ocho personajes, que logran que a uno se le erice la piel y le corran lágrimas de emoción, –Ben Platt (Evan Hansen), Rachel Bay Jones (su mamá), Mike Faist (Connor), Michael Park y Jennifer Laura Thompson (los papás de Connor), Laura Dreyfuss (Zoe) y Kristolyn Lloyd y Will Roland (los compañeros de colegio)-, sino por el impresionante despliegue tecnológico y audiovisual que apabulla frente a la sobriedad de la puesta escenográfica. Además de la originalidad de ubicar la banda elevada, en un balcón a un costado del escenario.

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La historia pega fuerte, la soledad adolescente, la incomprensión, la incapacidad para relacionarse, el suicidio, la necesidad de un futuro mejor donde poder sentirse aceptado, comprendido y, sobre todo, querido.

Su leitmotiv “You will be found” se volvió un lema (#hashtag) adolescente para recordar que nadie está solo (“You are not alone”).

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La tercera, un clásico imperdible: The Lion King, en el Minskoff Theatre.

Con letra y música de Elton John y Tim Rice, esta obra estrenó el 13 de noviembre de 1997, es decir hace casi veinte años y con tal éxito, que desde entonces agota todas sus funciones.

Qué decir de El Rey León. Desde el momento en que elefantes, jirafas y otros animales gigantes desfilan por los pasillos de la sala para subir al escenario, empieza la magia.

La espectacularidad de la puesta es única; una de las producciones más impresionantes del teatro musical.

La escenografía, los vestuarios, las representaciones, las actuaciones, las coreografías bellísimas, el timing, todo es asombroso y soberbio.

La orquesta, impactante, con el agregado de instrumentos autóctonos que suenan desde los balcones, a los lados del escenario.

Nos sorprendió que faltaran un par de canciones, como el clásico y bello “Morning Report” del entrañable Zazu.

Googleando, nos enteramos de que a lo largo de los años la obra se fue ajustando y se decidió sacar algunas escenas para acortar su duración, ya que era una de las más largas. De dos horas cuarenta y cinco originales, hoy dura dos horas treinta.

Un dato de color: en el Playbill hay un aviso invitando a audicionar a niños de 8 a 12 “de cualquier contexto cultural” para los papeles de los pequeños Nala y Simba.

Y finalmente, el bonus track: Hello Dolly, con los geniales Bette Midler y David Hyde Pierce, con libro de Michael Stewart y música y letras de Jerry Herman, en el Shubert Theatre.

Un muy emocionante viaje en el tiempo.

Un homenaje a mi papá que me transmitió el amor por el teatro musical y que desde chiquita me cantaba “It takes a woman”, “Penny in my pocket” y, obviamente, “Hello Dolly”, entre tantas otras, y que fue quien me inició en el camino de la música el arte y las letras.

Estrenada en Broadway en 1964, hace ya cincuenta y tres años, este clásico volvió con tres premios Tony.

Como dijo Bette Midler al recibir su Tony como mejor actriz: “Reposición es una palabra interesante. Significa que algo se fue y que volvió, pero ‘Hello, Dolly!’ nunca se fue. Está en el ADN de nuestra nación, es un clásico”.

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Una puesta preciosa, una obra “a la manera de las de antes”, con escenografía lujosa, tremendos movimientos y cambios de escenario.

Las actuaciones son soberbias.

Bette se adueña de la escena, sólida, suelta, cómoda, encantada de estar allí.

La belleza y color de su voz sumados a los repetidos gestos cómicos con que interactúa con la platea impactan y provocan que el público aplauda y festeje a rabiar cada intervención de ella.

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Todo el elenco es consistente y maravilloso, con actuaciones y coreografías exigidas y muy coloridas.

El talento, el grado de profesionalismo, la perfección de los movimientos, la coordinación ajustadísima de las coreografías, la orquesta impecable, las canciones pegadizas, todo hace de esta obra una verdadera joya.

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No hay caso, Broadway es Broadway. Y como canta George Benson en el ya clásico primer cuadro de All That Jazz:

“Dicen que las luces de neón son brillantes en Broadway,
Dicen que siempre hay magia en el aire…”

 

Cecilia Vidaurreta

 

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